Abandoné las prisas,

las espesas mareas,

las caras familiares,

la ventana de la libertad,

el trabajo, la ciudad,

los secos sentimientos;

para salir volando,

desesperadamente.

Abajo: en la distancia,

las amargas noches,

los días desolados,

los niños sonámbulos,

las muertas luces,

los amores cansados;

pero seguí volando,

desesperadamente.

Ya todo era hambre,

simuladas tentaciones,

grandes inundaciones de abanicos,

paraguas, árboles,

vagabundos nazarenos

de inestables riachuelos;

pero seguí volando,

desesperadamente.

Un momento desnudo,

una llama calcinante

se interpuso en mi corazón,

me fascinó de amor,

pero logré evadirme

de su letal engaño,

para seguir volando,

desesperadamente.

Todavía el camino

de días fenecidos,

desorientó mi pena

-de sideral esperanza-

con sus vanas raíces

y sus alegrías falsas;

pero seguí volando,

desesperadamente.

Me oprimía lo oculto,

la desesperación maciza,

la nostalgia escarchada,

la inaudible compasión,

la sinceridad insonora,

el pensamiento asfixiante;

pero seguí volando,

desesperadamente.

Ya no existía razón,

la cordura estaba ausente;

ni penumbra, ni iluminación,

-ni unas playas celestes-

ni yo, ni tú,

ni juego, ni sexo;

pero seguía volando,

desesperadamente.